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Adaptarse al cambio con 10 anti-propósitos

Estrenamos año, momento en el que solemos hacer balance para aprender de lo ocurrido en el año anterior y prepararnos para lo que nos espera en el nuevo. Con la vertiginosa evolución tecnológica a nivel mundial, tal vez debamos planificar menos y aprender a adaptarse mejor al cambio continuo.

No sé cómo percibes esto. Dependerá de tu carácter. Para una persona planificada, como es el caso de quien escribe, llegar a esta conclusión me ha resultado rompedor. Todavía ahora que releo el título me encuentro dudando sobre a dónde me va a llevar esta deriva argumental. Si sale mal le echaré la culpa al inoportuno COVID que se me instaló en Nochebuena y se lo pasa tan bien conmigo que ha querido quedarse hasta el nuevo año… Pero volviendo al propósito… o mejor dicho, el “no propósito” de este artículo, voy a intentar entender bien a mi cabeza anestesiada con relajantes musculares… ¿De dónde ha brotado esta idea repentina? ¿Cómo ha surgido esta propuesta insolente que pretende acabar con mi racha de años y décadas de establecimiento de propósitos de año nuevo?

Un entorno complejo y cambiante

La vida actual es vertiginosa. Como no teníamos bastante con la ola tecnológica, a la que todavía demasiados sienten temor a sumarse, la pandemia del coronavirus nos lo está demostrando con toda crudeza. Era absolutamente insospechable hace un par de años la posibilidad de que una especie de gripe fuera capaz de frenar en seco, no sólo continentes enteros, ¡a todo el planeta! Y creo que la magnitud de las consecuencias futuras a nivel socio-económico nos resultan, en gran medida, desconocidas. Si no sabemos cuándo puede desaparecer este virus en cada persona, ¿cómo vamos a ser capaces de conocer hasta dónde sufriremos sus efectos como sociedad? Cambio continuo e incertidumbre extrema, dos ingredientes perfectos para un cóctel de estrés. Muchos cambios y pocas certezas. Y una cosa que debemos tener clara: sólo sobrevivirá quien mejor se adapte al cambio constante.

Adaptarse al cambio

Cómo planificar para adaptarse al cambio

Entonces, con este grado de desconocimiento, ¿merece la pena realizar una planificación detallada? Mi cabeza se resiste a abandonar parámetros pasados, pero aprovecho que está a medio rendimiento esta semana para indagar posturas intermedias. En el fondo, siempre he sido defensora de objetivos y estrategias para conseguir lo que queremos, tanto en el plano profesional como personal. Porque, en mi caso, siempre ha funcionado. Los objetivos que no se identifican, ni se miden, ni se siguen en el día a día, acaban siendo relegados por otras mil tareas a realizar. El quid está en cuánto rigor conceder al plan, y cuánta libertad otorgar a la potestad de cambiarlo.

Voy a realizar aquí un experimento febril, que quiero compartir con todos vosotros, a ver si entre todos sacamos algo en claro sobre cómo podemos mejorar nuestra adaptación a los cambios. Disculpadme el atrevimiento, la locura, y, por supuesto, la ignorancia, y venid conmigo a adentraros en esta prueba aunque sea por puro divertimento.

Los diez anti-propósitos para el cambio

  1. No tener propósito este año. Wow. No sé vosotros pero yo ya me he asustado al escribirlo. Creo que es lo más transgresor que he escrito nunca. Pero vamos a pensar un poco sobre por qué ha aparecido esta idea en mi cabeza. Y lo primero que se me ocurre para argumentarlo es que pueden suceder tantas cosas en doce meses que un mismo propósito durante todo el año pueda quedar obsoleto sin llegar a terminarlo. Y si uno quiere adaptarse al cambio, debe abrazar al cambio mismo y probar a cambiar dinámicas a su alrededor… y mejor si se trata de cambiar lo que más nos cuesta. Bueno, éste ha sido relativamente fácil, o, al menos, sencillo de ejecutar, y en este punto no hacemos nada.
  2. No seguir ningún modelo. Vaya, este segundo punto también está interesante. Nos ponemos disruptivos y listo. Para amoldarnos al cambio continuo, es fundamental que seamos capaces de renovar nuestras herramientas. Y si queremos adecuarnos a nuevas situaciones cambiantes, ¡qué mejor que probar a cambiar nuestros hábitos de vez en cuando! Aquí, como podéis observar, tampoco hacemos nada.
  3. Parar y reflexionar. Deja el lápiz y el papel. No es momento de apresurarse a hacer ninguna lista. De hecho, ¡no vamos a tener propósitos este año nuevo! Te propongo que paremos un momento, o el tiempo que necesitemos, para sentir, no pensar, lo que queremos en nuestra vida. Seamos honestos. Y libres de juicios. Es muy difícil llegar a donde queremos llegar si realmente no sabemos qué es lo que realmente queremos. Y si somos muy buenos planificadores, ¡ojo!, porque es seguro que vamos a llegar con toda seguridad a donde nos propongamos, y ¿qué diantres hacemos entonces en ese lugar en el que no queremos estar? En este tercer punto sí toca trabajar, y va a ser clave. Si no sabes qué quieres conseguir en tu vida, párate, y no avances un ápice hasta que lo escribas, te suene bien al leerlo, y además tus tripas validen que no hay sentimientos encontrados ;-).
  4. Contrastar si vamos bien o no. Una vez que sepamos qué vida queremos experimentar de verdad, necesitaremos analizar qué estamos haciendo en cada una de nuestras áreas vitales para comprobar si nuestras acciones nos están acercando o no a ella. Por ejemplo, si lo que más quieres hacer en tu vida es volar, y te acabas de apuntar a clases de submarinismo por acompañar a tu pareja que está loca por sumergirse en los fondos marinos, y no tienes tiempo para dos actividades tan distintas… igual, merece la pena reflexionar ahora, alejarse un poco del colapso mental del enamoramiento y decidir a qué quiero dedicar mi tiempo de ocio. Si sabemos a dónde queremos llegar, tras el ejercicio del punto anterior, ahora dedica un tiempo de calidad para revisar si realmente estás caminando hacia tus sueños o hacia los del vecino/a.
  5. Establecer proyectos. Una vez que visualizamos y deseamos aquellos reto que realmente queremos alcanzar, podemos definir proyectos que nos ayuden a transitar el camino que nos llevará a ellos. Todo requiere su tiempo, y habrá proyectos que lleven más tiempo que otros. ¡Incluso podríamos detectar proyectos que lleven toda la vida! Tengamos presente que lo verdaderamente importante es el “camino” en sí, no la meta. Y siempre disfrutaremos los caminos que elegimos en nuestra vida. Definimos aquí las metas que estamos convencidos que queremos conquistar, con el plazo que estimemos para cada una de ellas.
  6. Ser selectivos. Menos es mal, que no se nos olvide. No queremos listas interminables este año. Elijamos aquello que es clave para nosotros conseguir ya. ¡Puede que sea una sola cosa! En todo caso, yo no recomendaría más de tres proyectos… ¡si es que puedes asumirlos junto con las obligaciones de tu día a día! Este puede ser el paso más simple, ¡o el más complicado! Todo dependerá de lo claras que tengas tus prioridades.
  7. Marcar objetivos menores y durante menos tiempo. Una vez elegido el proyecto o proyectos en los que embarcarte este nuevo año, establece objetivos pequeños y fáciles de conseguir, dentro de un espacio de tiempo coherente con los mismos. Cuando los vayamos cumpliendo podremos reemplazarlos por unos nuevos. O también podremos variarlos en función de los resultados y de los cambios que se produzcan a nuestro alrededor. Seamos pragmáticos. No gastemos mucho tiempo en esto. Si hemos identificado bien los proyectos, este paso nos resultará muy sencillo. Y siempre es bueno contrastar que no sólo mentalmente, emocionalmente también nos sentimos a gusto con nuestro plan.
  8. Meter acciones en la agenda. Necesitamos ahora definir una serie de acciones para alcanzar los objetivos propuestos. Si hemos sido minimalistas, tendremos pocos objetivos y pocas acciones, lo cual facilitará que podamos buscar tiempo para realizarlas dentro de nuestra agenda diaria. Lo importante aquí no es ser ambicioso, sino pragmático. Es vital elegir bien y comprometernos a realizar lo que hayamos decidido. Ahora toca coger la agenda. No necesitas listas, sino “citas” en tu vida para moverte hacia donde quieres. Si tienes una lista, perfecto, pero hasta que no la traspases a tu agenda, no asegurarás que ejecuten las acciones planeadas.
  9. Revisar cada mes. Este punto sí es realmente importante. Mucho más que hacer una buena lista de propósitos. Porque lo que no se sigue, no se obtiene. Pocos proyectos, pocos objetivos, pocas acciones… pero realizadas. Y también es importante, como acción que es, meterla en la agenda. Si además esta utilización de la agenda es algo nuevo, también nos ayudará a amoldarnos mejor al cambio. ¡Vamos que queda poco! Sólo tenemos que coger la agenda de nuevo y marcar una cita periódica de media hora para revisar cómo vamos.
  10. Celebrar siempre. Se nota que me he ido animando entre tanta celebración, aunque sea con mascarillas y distancia, y este último no-propósito me ha salido solo. ¡Siempre hay que celebrar! Si conseguimos los objetivos es obvio, pero, si no los conseguimos tal y como queríamos, también podremos celebrar un pequeño logro, un aprendizaje, una persona gratamente descubierta, ¡un avance en nuestra adaptación a los cambios!… Así que, por favor, que no se nos olvide, porque este punto es tan o más importante que todos los anteriores. Y tú… ¿qué vas a celebrar ahora?

Adaptarse al cambio

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